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Como dice el archiconocidísimo temazo de Queen, We are the champions, my friends! Y ojo, es que no es para menos, ya que nuestra selección nacional de fútbol es nada más y nada menos que campeona del mundo. ¿Quién me lo iba a decir a mí? En fin… recuerdo el primer mundial que vi en por televisión cuando no era más que un criajo de ocho añitos: Italia 1990. Por lo que recuerdo, a España no es que le fuera demasiado bien en aquel mundial, pero aquellos eran otros tiempos, otro fútbol, otra forma de ver las cosas. Cuatro años más adelante, en el mundial de Estados Unidos 1994 (campeonato que tengo mucho más fresco que el anterior), todo el mundo presenció un increíble robo ante Italia en el partido de cuartos de final, partido en el que Mauro Tassotti le rompió el tabique nasal a Luis Enrique y el árbitro húngaro Sándor Puhl, dejó que el transalpino saliera impune de esa fechoría, mientras que le decía a Luis Enrique que se levantase, que aquello no era nada, y éste le mostraba toda la camiseta llena de su propia sangre mientras despotricaba a los cuatro vientos sobre los familiares tanto del internacional italiano como del colegiado mientras a todos se nos quedaba una cara de tontos enorme y los italianos se congratulaban entre risas.

En aquella ocasión no pudimos contra el marrullerismo italiano y entre éso y el cegato del árbitro, nos privaron de lo que hubiera sido el primer paso a semifinales en la historia de la selección. Cierto es que el codazo en cuestión dio muchísimo que hablar y la prensa de todos los países se puso de acuerdo en afirmar que aquello había sido un robo clarísimo por parte del árbitro a España, una selección que había llegado hasta ahí trabajando duro y tras unos comienzos nada sencillos. Vamos, que entre unos y otros, nos mandaron de vuelta a casa cuando lo teníamos todo de cara para hacer un buen papel y dejar el listón bien alto para futuras generaciones… y cómo no, para darle una alegría a todo el mundo, ya que la selección contaba con el apoyo de mucha gente, incluso fuera de nuestro país.

Luego vino el fracaso de Francia 1998, en el que nos mandamos a casita nosotros mismos tras hacer el ridículo de una manera espantosa y perder contra una de las selecciones más débiles, lo cual nos hizo quedar fuera en la fase de grupos. ¿Quién tiene la culpa? Pues nosotros mismos, porque centralizarlo en Zubizarreta y su gol en propia no sería justo, porque el resto del equipo podía haberse puesto las pilas y encarar el partido con más ganas y mejor juego. Pero si realmente hay algo que me indignaba fue lo que pertrecharon en el mundial de Japón y Korea 2002, donde de nuevo en cuartos de final y esta vez jugando contra la anfitriona, un despreciable egipcio llamado Gamal Al-Ghandour y su dupla de incompetentes jueces de línea, nos volvieron a hacer de las suyas, anulando dos goles legales y concediendo como parado un penalti que no debería haber sido concedido, ya que el portero no estaba legalmente situado en el momento del lanzamiento. Vamos, un puñetero robo en toda regla del que el gandul ese salió impune.

Durante todo el tiempo cercano a ese partido, se habló de sobornos, de que los jueces de línea estaban forzados a tomar ciertas decisiones, de que el partido estaba más que amañado por un mandatario koreano, y de mil cosas más. Ninguna de ellas llegó a salir nunca a la luz, pero lo que sí permaneció fue nuestra indignación por otro robo… otra vez que nos hacían la cama, y de que jamás íbamos a pasar de cuartos en un mundial de fútbol. Realmente daba igual que jugásemos mejor que el resto, porque ya iban a estar los árbitros para robarnos la cartera con decisiones de este tipo y joder la marrana para chafarnos la clasificación a una ronda a la que merecíamos haber llegado, sin duda alguna.

En el mundial de Alemania 2006 nos caímos nosotros mismos con todo el equipo por exceso de confianza, ya que la selección francesa, a quien todos veían mas fuera que dentro, nos endosó un correctivo en octavos de final que nos dejó en la estacada y curiosamente acabó llegando a la final para perder de una manera dantesca con otra vieja conocida nuestra… Italia. Pero todas esas decepciones han merecido la pena, porque en Sudáfrica 2010, la selección nacional pudo sobreponerse a todo éso y a muchísimo más para alzarse con la victoria y ser coronados como campeones, por fin. Tras un mal cominezo perdiendo contra Suíza, y dos arreones contra Honduras y Chile (a quienes ganamos finalmente), España pasó como primera de grupo, y de pronto… Portugal en octavos de final, nada sencillo, si no fuera porque los portugueses estaban más preocupados de pelearse entre ellos y poner en entredicho las tácticas que realmente de jugar y éso nos allanó el camino. En cuartos nos cruzamos con un reñido enfrentamiento contra Paraguay del que salimos victoriosos gracias al esfuerzo y la lucha de los chavales de la roja, lo mismo que en semifinales contra Alemania, para mí… el mejor partido del mundial: elegante, duro, reñido y limpio por ambas partes.

Pero en la final yo no entendí qué pasaba. España había salido a jugar al fútbol, pero por lo que parece Holanda iba más bien a un combate de kick-boxing, a juzgar por los codazos, patadas a destajo y salvajes entradas a todas las alturas con los que cosieron a la mayor parte de la selección nacional. Un juego tremendamente duro, en el que el árbitro, el inglés Howard Webb, debía encontrar cierto placer, porque pudiendo liquidar a tres holandeses en el primer tiempo a base de tarjetas, decidió que no lo iba a hacer. Pero el asunto no se acaba ahí, porque además de perdonarles más de cinco expulsiones en todo el partido, llenó de tarjetas amarillas a una España que tampoco las mereció tanto en comparación con los oranje, que pateaban a sus anchas a los de La Roja, y nos birló ampliamente tres o cuatro penaltis que hu bieran cambiado el curso del partido. No obstante, Iniesta llegó en el momento oportuno y coló el esférico en el fondo de la red holandesa para resarcirnos de todos esos robos, todas esas decepciones, toda esa rabia contenida. Este mundial es el que la historia nos debía por justicia. Y ya está en casa.